
Lentamente, pasé el dedo sobre la cicatriz que marcaba su rostro, nunca me había fijado en ella, a pesar de llevar un par de semanas conviviendo con él, teniendo que aguantar su insoportable seriedad, su dulce y serena sonrisa, su adorable risa, que solo había escuchado tres o cuatro veces desde que le conocí, y su inquietante mirada. Su pelo rizado, caía agraciadamente sobre sus ojos color canela, enrojecidos por la intensa presión y preocupación a la que estaba sometido.
A más de 400 kilómetros del pueblo, nos hallábamos en una antigua casa abandonada, llena de telarañas, muebles rotos, antiguos vestidos deshilachados y trozos de espejo desperdigados por todas partes.

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