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lunes, 9 de enero de 2012

Mis libros 1.

Ya eran alrededor de las once de la noche, cuando vislumbré los farolillos colgados en las fachadas de las casas más cercanas al bosquecillo. Era increíble, allí todo el mundo se acostaba muy temprano, a las diez las calles ya estaban desiertas, quizá fuese porque oscurecía muy temprano, porque era un pueblo pequeño y tradicional, porque yo en la ciudad estaba acostumbrada a estar en la calle con mis amigas hasta las dos o las tres de la madrugada, o simplemente, porque si ya te congelabas cuando hacía sol, cuando se iba, hacía un frío que te cagas.

Finalmente llegué a mi casa a las once y media, estaba segura de que mi madre me estaría esperando despierta.

Abrí la puerta intentando no hacer ruido, pero el hecho de que esa casa llevase deshabitada más de una década, hacía imposible que la puerta de la casa, cada tablón de madera que recubría el suelo, cada silla, cada mesa, incluso cada cajón, no crujiese o chirriase al mínimo movimiento, por lo que, si mis padres no estaban despiertos, con el estruendo que estaba haciendo, ya habrían abierto los ojos y estarían bajando las escaleras. Por suerte no se habían enterado de nada, así que fui hasta mi cuarto silenciosamente, sin ni siquiera asomarme a ver si había alterado el sueño de mi padre, que se despertaba solo con que una mosca se le posase en el brazo. Aunque en el tiempo que llevaba en el pueblo, aún no había visto ni una mosca, quizá hacía demasiado frío para ellas.

Me desvestí, quedándome en ropa interior.

En la casa no hacía tanto frío como fuera pero, sería mejor que me vistiese antes de que pillase una buena pulmonía. Así que me acerqué al armario de madera, que había junto a la puerta, me agaché y abrí uno de los cajones, de este, saqué mi pijama favorito, una camiseta de manga larga de color verde claro que me llegaba casi por las rodillas, unos pantalones de terciopelo negros con unos pequeños corazones grises y blancos, que estaban desgastados por debajo puesto que me quedaban largos y los arrastraba. Fui hacia el cuarto de baño, y mirándome al espejo, cogí un coletero de un bote y me recogí un moño, aunque, el flequillo, siempre acababa de nuevo pegado a mis mejillas.

Volví a mi habitación, cerré la puerta, cogí mí mp4, me senté en el poyete de la ventana, y apoyé la cabeza en el cristal. Busqué mi canción favorita, ‘Wish you were here’, de ‘Avril Lavigne’. No era la más apropiada de escuchar en ese momento, ya que estaba algo triste, y añoraba mi vida lejos del pueblo, yo soy una de esas personas que ponen canciones tristes, cuando están tristes, para ponerse aún más tristes… Era algo difícil de entender, pero, a todos nos había pasado alguna vez.

Sonreí.

Cerré los ojos.

Y me dispuse a dejar que la música invadiese mi cuerpo.

Pero, como era normal, no iba a poder disfrutar de esa tranquilidad que tanto deseaba. Una lluvia de piedrecitas impactaron en mi ventana. No escuché el sonido que hicieron, pero si las sentí golpear el cristal.

Entorné los ojos con gesto enfadado, y me pregunté quien se estaría divirtiendo a mi costa. Me asomé por el cristal pero no vi a nadie. Descorrí el cerrojo y abrí la ventana, puse las manos en el marco, las rodillas en el poyete, y saqué la cabeza.

Me sorprendí al ver a la persona que tiraba las piedras, en ninguno de los casos hubiese pensado que era él.

Hacía bastantes días que no le veía, y en parte, el verle, me alegraba, pero no estaba muy segura de si lo que sentía era solo alegría.

Víctor me miró y sonrió, con suspicacia y desconfianza, poco después, sus rasgos se fueron relajando para dejar paso a la dulzura , se pasó una mano por el pelo sacudiéndose los restos de nieve que tenía y se mordió el labio repetidas veces.

Yo cerré la ventana, probablemente, Víctor pensaría que no quería hablar con él, así que tendría que darme prisa en vestirme y bajar antes de que se fuese. Me calcé las botas metiéndome el pantalón del pijama por dentro, y me puse el anorak con gorro.

Bajé las escaleras a toda prisa, esta vez, los escalones apenas crujieron bajo mi peso, al parecer, en los momentos en los que tu único objetivo es no hacer ruido, es, cuando más ruido haces. Frente a la puerta, tomé aire y abrí.

Víctor seguía allí, no se había movido ni un centímetro de cómo le había visto desde la ventana. Cuando se dio cuenta de que estaba en la puerta, caminó lentamente hasta mí y se detuvo a escasos centímetros de donde yo estaba. Agaché la cabeza, y avergonzada, me di cuenta de que estaba en pijama, me había abrigado y bajado con tanta rapidez que ni siquiera me había dado cuenta. ¿Qué estaría pensando de mí en esos momentos? Sentía tanta vergüenza de que me estuviese viendo así...

—Sabía que estarías despierta. –susurró.

Se acercó un poco más a mí, nuestras narices se tocaron por unos segundos. Yo di un respingo, y me sonrojé.

—Y yo no me imaginaba que serías tu el que estaba tirando piedrecitas a mi ventana. –mascullé con desdén en la voz.

— ¿Nunca duermes? –preguntó torciendo los labios.

— ¿Y tú, siempre tiras piedras a las ventanas de desconocidas? –mascullé.

—Tú no eres una desconocida. –me dijo sonriente.

Creo que por primera vez en mi vida, me había quedado sin palabras, no podía responder a lo que Víctor, ese chico tan simpático, dulce, despreocupado y maduro me había dicho.

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