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sábado, 10 de noviembre de 2012

Eiden, trozo de mi libro.

Eiden abrió mucho los ojos, parecía haber estado esperando escuchar esas palabras todo el tiempo que había estado en mi espera. 
De verdad parecía haber estado muy preocupado esas dos semanas. 
Sentí algo muy extraño, cuando miré esos ojos marrones que me mantenían completamente embobada, algo que nunca había sentido, algo que realmente… deseaba sentir desde hacía mucho, pero que nunca había tenido la ocasión y en ese momento lo sentía, le tenía ahí delante, era Eiden. 
Era ese extraño, dulce, a veces chocante e irrespetuoso chico al que mi padre había contratado para que se hiciese responsable de mi, para cuidarme, para protegerme y mantener a mi padre al corriente de todo lo que pasase a mi alrededor, de todas y cada una de las cosas que hablase, hiciese o viese. 
En el tiempo que llevaba en la casa, pensé mil y una veces que no le necesitaba, que no necesitaba mirar sus ojos, ver su sonrisa, escuchar su voz, discutir con él, chillarle, empujarle, enfadarme con el… que no necesitaba tenerle frente a mi todo el tiempo posible, que no había deseado ni una sola vez besarle, acariciarle, pedirle que se quedase conmigo toda la noche, acariciando y acallando mi miedo.
Pero lo único que había hecho todo ese tiempo fue mentirme a mi misma, intentar convencerme de que no necesitaba nada de él, siendo la verdad todo lo contrario.
Nunca podré explicar lo que pasó después, fue algo increíble, mágico, delicioso, fue como, rozar el cielo con la yema de los dedos. 
Fue algo que, de verdad, desearía que cualquier persona pudiese sentir al menos una vez en su vida.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Mis libros 4.


—Ryan no lo entiendo, no te entiendo. –susurró ella volviéndose a tumbar y colocando una mano en su mejilla, acariciándole- Me hablas mal, me ignoras, me insultas y después, hay momentos en los que cambias radicalmente, concentras toda tu atención en mi, me tratas con dulzura, incluso... me besas, sinceramente no te entiendo. –Ginna se dio cuenta de que los labios de Ryan cada vez estaban mas cerca de los suyos- Esto es una locura.
— ¿Acaso el amor no da lugar a la locura? –susurró colocando un dedo bajo la barbilla de Ginna, haciendo que ella le mirase a los ojos.
— ¿Acaso lo que tu sientes es amor? –masculló ella con burla.
— ¿Acaso te he hablado yo de lo que siento? –le espetó él.
Ginna no supo que contestar a eso, acababa de derribar todas las murallas que esta se había impuesto para no sucumbir ante él, para no lanzarse a sus brazos cada vez que le veía.
Él aprovechó su silencio para besarla.
Ella le devolvió el beso mientras enredaba sus dedos en el pelo de Ryan.
Él se puso sobre ella, colocando su cuerpo entre las piernas de Ginna y besando su boca casi sin dejarla respirar.
Ella echó su cabeza hacia atrás, estremeciéndose de placer y dejando que él besase su cuello.
Él se quitó la camiseta, tirándola a un lado, y desabrochó los botones de la camisa de Ginna, deslizándola por su cuerpo hasta quitársela.
—Ryan yo... –susurró ella rodeándole con sus brazos.
—Lo sé. –dijo él dulcemente.

martes, 16 de octubre de 2012

Ellas.

No puedo explicar como me sentí en aquel momento. 
Fue solo un instante, en el que me di cuenta de cómo todo a mi alrededor, había cambiado. 
Ellas se había alejado de mí. 
Todas aquellas promesas, se habían roto.
Las risas, los abrazos, los llantos, los enfados, las tardes de karaoke, se habían esfumado, dejando vacío.
Un vacío oscuro y frío que me ahogaba, y me mantenía en un estado de inconsciencia permanente.
Apenas lograba escuchar las palabras huecas que mi corazón susurraba, tampoco las lágrimas sordas que mis ojos dejaban caer.
Ya no íbamos cogidas de la mano por nuestros caminos, manteniéndolos unidos.
Habíamos dejado que el tiempo nos cambiase, y que los problemas creasen agujeros irreparables en nuestra amistad, alejando nuestras manos para separarnos por completo.
Ya no éramos capaces de mirarnos a los ojos cuando nos cruzábamos por la calle.
Teníamos miedo de encontrar odio en la mirada de la otra, y de no poder soportarlo.
Poco a poco, el cielo se iba tornando mas y mas oscuro, y los colores cálidos del atardecer desaparecieron en pocos minutos.
Viendo aquel parque, no podía evitar acordarme de todas y cada una de las tardes pasadas allí.
En un silencio sepulcral, me mantuve toda la tarde contemplando el lugar donde nos conocimos. 
Extrañándolas, odiándolas, deseando que apareciesen de un momento a otro, no queriéndolas ver.
No sabía si era capaz de enfrentarlas una vez se diesen cuenta de lo que estaban haciendo, una vez se diesen cuenta de que lo estaban haciendo mal, no sabía si... quería volver a lo de siempre.

martes, 18 de septiembre de 2012

Otra de tantas entradas sobre el AMOR.

Una vez pasa el tiempo, todo vuelve a su lugar.
Las flores se marchitan y vuelven a crecer, como si fuesen amores que nacen y mueren en un cierto tiempo.
Si, de nuevo una entrada sobre el amor, ¿cuántas habréis leído ya en vuestra vida? Y lo más importante: 
¿Quién soy yo para hablar del amor?
¿Acaso si lo he sentido? ¿Acaso si lo he visto alguna vez? 
Pensamos que el amor, tiene que ser como en una película, y tienes que sentirte como se sentía la protagonista de tu película romántica favorita. Pero no, el amor no tiene explicación viable y mucho menos forma fija
Mucha gente encuentra el amor en alguien totalmente distinto a su persona, alguien de quien jamás pensó enamorarse, alguien que apenas comparte sus gustos pero los respeta, alguien que esta ahí en cada momento, alguien al que no le importe los comentarios de los demás, alguien que le quiere de verdad.
Otros, caen en esa maraña de sentimientos confusos con alguien a quien conocen de toda la vida, en quien nunca se habían fijado y sin embargo, siempre había estado ahí.
También, hay personas que encuentran a alguien con quien comparte todos sus gustos, con quien pueden hablar de todo y al que pueden contarle cualquier cosa sin importar el qué, el cuándo ni el cómo. 
También está esa gente que poco después de un desamor, encuentran a alguien en el que apoyarse y se dan cuenta, con el tiempo, de que esta persona, en poco tiempo, ha logrado encerrar sus penas en un cajón y tirado la llave, y poco a poco, con cada detalle, con cada insignificante palabra, se van haciendo felices, hasta que, a ninguno le importa el qué dirán, y se acaban lanzando a por lo que quieren.
Al caminar por la calle, he visto muchos gestos, muchos detalles, en los que verdaderamente, el amor era palpable
He visto como un anciano cogía la mano de su mujer mientras caminaban por la calle.
He visto como dos jóvenes reían sentados en un banco mientras se miraban a los ojos casi sin parpadear.
He visto como, de rodillas, un hombre le pedía matrimonio a su novia en medio de la calle, y esta, emocionada y casi sin poder contener las lágrimas, emitía un débil sollozo y un enérgico sí mientras se lanzaba a su cuello para abrazarle.
También he visto como un chico, salía de su coche y lo rodeaba para abrirle la puerta a su novia, y más tarde, cogerla de la mano y sorprenderla con un beso.
He visto parejas idénticas, con los mismos gustos, el mismo estilo, cogidos de la mano por la calle, con sus skates en la mano, y sus mochilas colgando en la espalda.
He visto como un adolescente levantaba a su novia del suelo tras caerse al intentar hacer alguna que otra acrobacia que él le había enseñado.
He visto como parejas muy diferentes el uno del otro compartían un helado tranquilamente en la mesa de una heladería sin importarles que la gente les mirase.
He visto muchas cosas, sentido otras tantas y vivido aún pocas.
Aún así, ¿alguien sabe explicarme por qué sentimos la necesidad de amar?
Yo aún no lo sé, y no creo que vaya a saberlo.
Con cada error, con cada bache, aprendemos algo y nos conocemos un poquito mejor, siempre lo he dicho.
Y he aquí, otra de tantas entradas sobre el amor.

domingo, 1 de julio de 2012

Mis libros 3.

Cerré la puerta de mi habitación y me deslicé por ella hasta sentarme en el suelo. Aún podía sentir el dolor que aquel día me invadió, cuando me enteré de todo, cuando me vi despreciada, cuando todo a mí alrededor se volvía extraño, cuando los pilares que habían sostenido mi vida se derrumbaban ante mis ojos. Caminé a gatas hasta mi cama y me tumbé en ella. El tiempo no parecía haber pasado desde que dejé la habitación. Todo seguía allí. El gran balcón, lleno de rosas rojas, mis favoritas, iluminaba toda la estancia, bañando cada rincón, cada escondrijo, cada lugar de aquel sitio. El tocador estaba al fondo de la sala, lleno de mis perfumes y de mis joyas. Justo al lado, había una puerta, que daba al cuarto de baño. La cama, estaba a un lado del balcón, era grande y de madera, un velo de fina seda negra cubría su alrededor, colgando de unos palos que sujetaban el techado de la cama y junto a esta, un baúl lleno de vestidos, que por supuesto, me estaban pequeños y en el centro, se encontraba tirado en el suelo mi equipaje. Suspiré y caminé hacia el baúl, decidida, tomé aire y con cuidado, lo abrí, debía dejar espacio para mi ropa nueva. Agarré toda la ropa que pude y la tiré a un lado. Cuando giré de nuevo la cabeza hacia el baúl, me sorprendí al verme reflejada en el espejo que se encontraba en la tapadera de este.
Había cambiado mucho desde que me había mirado en ese espejo. Ya tenía dieciocho años, por lo tanto, mi cuerpo ya no era el de una niña, si no el de una mujer. Mi pelo, mucho más largo que en aquel entonces, seguía teniendo ese color marrón claro con fuerte parecido al pelirrojo. Mis ojos, eran grandes y de color verde apagado, y se escondían detrás de una cortina de abundantes pestañas, eso no había cambiado nada, al igual que mis mejillas rosadas. Mi cara, ahora era mas fina y tenía los rasgos característicos de una mujer. Mis labios, más carnosos que a los trece años, se mantenían serios desde entonces. Mi cuerpo había cambiado mucho, ahora era más alta y tenía muchas más curvas. Mis pechos habían crecido lo suficiente como para que me resultase incómodo acercarme a los hombres llevando vestidos con escote. Agaché la cabeza y fruncí el ceño al ver lo que había en el fondo del baúl, las lágrimas volvieron a mis ojos y no pude evitar llevarme las manos a la cara. Al lado del diario que escribía de niña, se encontraba, totalmente destrozado y lleno de sangre, el vestido que aquel fatídico día me puse. Era el que más me gustaba a los trece años, me quedaba un poco grande, pero me hacía sentir bonita. Me lo había regalado mi hermana, el color era igual que el de mis ojos, de un verde apagado sumamente misterioso, tenía un precioso cuello de barco de encajes color rosado.
Miles de momentos pasados con ese traje vinieron a mi cabeza, haciéndome daño de nuevo, como cada cosa que recordaba por culpa de la casa, por culpa de cada lugar por el que pasaba cercano allí. Sabía que lloraría al llegar, ya que tenía muy claro el trato que me iban a dar Padre, Madre, el servicio y el resto de las personas que vivían tanto en la casa como en el pueblo, pero no me hubiese imaginado para nada que lloraría a cada minuto del día. Realmente, me daba miedo pensar que sería así siempre, que todo el tiempo que pasase allí me tratarían de esta manera.
El sonido de algo golpear contra el suelo de cerámica de mi balcón me asustó e hizo que diese un respingo, levantándome del suelo y poniéndome en guardia. Me quedé así unos minutos, pero al poco me di cuenta de que estaba ridícula, y que cualquiera que me viese se reiría. Así que, al ver caer una piedrecita al suelo de nuevo, esta vez más cerca de la puerta de cristal, me acerqué y salí por ella. Decidida, caminé hasta llegar a la baranda, y asomé la cabeza por esta, quedándome de piedra. Parpadeé varias veces, y volví a mirar, era real, no se había movido ni un pelo.
Era Él.
Me contemplaba sin inmutarse ni lo más mínimo, sin preocuparse de si Padre o Madre le encontraban allí. Tenía una expresión dulce, algo que no pegaba nada con su aspecto ni con su actitud. Tenía el pelo rubio, le cubría las orejas y hacía que las facciones de su cara resultasen menos marcadas. Sus ojos, azul eléctrico, me incitaban a ir hacia él, a hablarle, incluso a pedirle una explicación, a preguntarle por qué había arruinado mi vida, quería saber esa razón tan importante que le motivó a hacerme tal cosa, pero no, sabía que no podía. Vestía un pantalón de tela algo rasgado por los bajos de color negro, unos zapatos negros también y una camisa azulada por fuera del pantalón. Y lo que más me llamó la atención, lucía una sonrisa despreocupada en los labios, como si no importase que estuviese en la casa, como si nada de lo que aquel día pasó hubiese ocurrido.
El pánico tomó mi cuerpo por completo, paralizándome durante unos segundos e impidiendo que echase a correr como estaba deseando hacer en ese mismo momento. Intenté pedir ayuda, pero la voz no quería salir de mi garganta. Cerré los ojos un segundo, deseando que todo fuese un sueño, y volví a abrirlos.
No estaba.

domingo, 17 de junio de 2012

Todo cambia.


Abre los ojos, contempla tu alrededor y date cuenta de como cambia todo, de como la luz que un dia te guiaba ahora se convierte en sombras y que poco a poco, los pilares que sostenian tu vida se derrumban.