sábado, 9 de marzo de 2013
Ocurrencias 3.
El silbido de la tetera inundó la habitación. La anciana se levantó de la mecedora, rechinante y trabajosa, dejandola que se meciese a su libre albedrío, y caminó lentamente hacia la pequeña cocina. La tarta que aguardaba en el horno a ser devorada por hambrientos viajeros y escurridizos del perseguidor, llenaba cada rincón del ambiente de un aroma casero y dulce. La primera gota de lluvia golpeó el cristal de la ventana cuando la anciana me sirvió el té que contenía la antigua tetera humeante. Volvió a sentarse en su desgastada y atrofiada mecedora de madera seguramente herencia de generaciones y generaciones de mujeres de la familia.
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