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sábado, 9 de marzo de 2013

Mis libros 5.

Se levantó la camisa mostrando la herida totalmente cicatrizada.
—Te he dicho que ya no me duele.
Por primera vez, le miré sin entender lo que había pasado, con desconfianza e incredulidad. Mi respiración se tornó rápida y entrecortada. Me sentía perdida en aquel lugar, todo estaba lleno de peligros y de sucesos extraños que no llegaba a comprender, aunque hacía lo posible para sentir que aquel lugar ya era parte mí. Una suave y fría mano rozó mi mejilla, me estremecí al sentir el contacto. Eiden esperaba impaciente a que tomase una decisión, yo sabía lo que él quería que hiciese, si soy sincera yo estaba de acuerdo con él pero, algo me decía que, no me marchase de allí. La luna se reflejó en los ojos tristes de Eiden, que me miraban con preocupación interrogante. Sin querer, mis ojos se clavaron en la marca que estaba tatuada en su nariz, aquella línea azulada que le diferenciaba del resto, y que a mí me maravillaba. Él agachó la cabeza en cuanto se dio cuenta de esto y se tapó la cara. Me sentí culpable. Di un paso hacia delante, hacia él, y de pronto, me vi tirada en el suelo. Eiden estaba sobre mí. Se llevó el dedo a la boca y me indicó que guardase silencio. Al poco, llegó a mí el sonido que sus finos oídos habían escuchado mucho antes de lo normal. Me paralicé por completo, mis agarrotados dedos apretaron las hojas caídas que había en el interior de mi puño, desmenuzándolas y convirtiéndolas casi el polvo. Unos caballos a galope pasaron sobre nuestras cabezas, y, sus jinetes, iban tan concentrados en no golpearse con las ramas de los árboles que no nos vieron.
Unos minutos después, el ruido se extinguió y Eiden me levantó del suelo tras él.
— ¿Cómo has…? –balbucí.
—Solo te lo pediré una vez más, y te suplico, Claire, te suplico, que tomes una decisión ya. –Suspiró- Vámonos de aquí, vámonos sin esos soldados de pacotilla.
Tras meditarlo unos minutos, asentí, provocando en Eiden una reacción positiva.
—Prométeme que no va a pasarnos nada. –le pedí casi temblando.
Eiden me acarició la mejilla.
—No puedo prometerte algo así, pero, si puedo prometerte que haré lo imposible para que no nos pase nada. –reconoció sonriendo.

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