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domingo, 15 de junio de 2014

Blancos, GRISES y negros.

Y dime tú quiénes son los de verdad, que aún no les he visto.
Día tras día, camino por la calle fijándome en las caras de los que pasan por mi lado, todos perdidos en sus pensamientos pero sin embargo actuando como si todo estuviese bien. De vez en cuando, hay alguien que destaca entre la multitud por no ser parte de la función que suele ser representada en las distintas sociedades, pero acaban siendo demolidas o simplemente anuladas por el resto. Pretenden que la vida sea siempre o blanco o negro, pero vivimos en un mundo fundamentalmente gris, donde quizá no haya buenos, malos y peores, sino menos malos, malos y muy malos. Donde una sonrisa no implica felicidad, ni una lágrima dolor. Donde no vale la confianza y la amistad, sino el interés recíproco y el miedo. Un mundo cuyos pilares son mentiras, y lo peor es que nos creemos todas y cada una de ellas. Hablamos de amor cuando hacemos daño, de odio cuando nos rechazan, de superioridad cuando no somos nadie, de honestidad cuando no lo somos ni con nosotros mismos. Hablamos de conseguir el bienestar causando el mal a otros y de igualdad pero solo entre los de tu misma clase. Hablamos de un mundo feliz y próspero mientras lo vamos destruyendo poco a poco. Hablamos de firmes ideales, y después los vendemos por dinero. Hablamos de gente buena cuando yo aún no concibo la idea de una sola persona que no haya causado dolor a otros a lo largo de su vida. 
Hablamos de verdad, cuando no decimos más que mentiras.

viernes, 13 de junio de 2014

Pero ya me acostumbré.

Los folios en blanco me aterran, al igual que los dedos atados de impotencia. Otra de las cosas que realmente me dan miedo en esta vida, es el orgullo, ese que te hace perder a las personas que te importan simplemente por no reconocer un error, no perdonar el de otro, o por simple egoísmo. También me aterra verlo todo negro sin necesidad de cerrar los ojos, de no ver la salida del laberinto aun teniéndola delante, de confiar en quien no debo, de que otros confíen en mí y acabe decepcionándoles. Me aterran las acusaciones por la espalda, me aterran las injusticias a las que no se le puede dar solución, me aterra tener amigos para luego perderles, y también me aterra no ser quien de verdad creo que soy. Me aterra no sentir apoyo cuando lo busco, también no darlo cuando lo necesitan.
Y, me aterra de indescriptible forma sentir el vacío que me acompaña desde hace mucho, pero a ese miedo ya me acostumbré.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Primavera.

Las estrellas contemplaban tu piel de canela envidiosas de que mis manos la tocasen. Y, solo cuando el cielo se llenó de nubes y los mirones se escondieron asustados por la oscuridad, pude besar tu cuerpo con la avidez de quien nunca vió primavera y lo desea. Escondí mis manos en las nubes de tu pelo, y desaparecieron en la niebla. Pero, ¿qué más daba? Si allí estabas tú, tumbada sobre el musgo del más frío bosque, sin sentir frío, ni cansancio por las pasiones anteriores, como una Diosa, o Musa.
Entonces volví a encontrar mis manos entre la niebla, y utilicé los lunares de tu cuerpo para escribir palabras. Palabras que te llenaban el alma de versos profundos, de besos, de ayer, de mañana, de sol, de contrastes, de grises, de negros y blancos, de lineas dobladas, poco perfectas, curvas. Tan imperfecta, tan cambiante, tan extraña, tan bohemia, tan efímera, tan libre, tan tú.

domingo, 6 de octubre de 2013

Que no existes, y sí.

Energía oscura, ¿qué es exactamente? ¿Cómo funciona? ¿Qué hacer para entenderla? Una incógnita. Al igual que tu enrevesado saber de loba, y tu extraña belleza antinatural. A veces no entiendo tu manera de pensar. Pero no de la manera filosófica del pensamiento, si no de la manera física del alma. Alma, ¿quién no tiene alma? Tú. Como un diablo. Diablo seductor que será mi ruina, y ojalá lo seas. Musa pervertida y a la vez angelical. Que duermes de día, despiertas de noche, y me desvelas. Haces que plasme mis miedos en hojas en blanco cuando no quiero, y cuando te necesito, no apareces. Soledad querida que me envuelve, la que tú me das. Felicidad que me quitas al abrazar mis dedos y no permitirme el movimiento, angustia que me llena cuando no lo haces. Contradicciones, la tuya y la mía. La nuestra. La que tú me haces sentir, hacia la que todos me empujan. Yo misma, otra vez, y tú, nunca verdadera y siempre efímera. Vuelve, camina, vuela, sonríe y acaricia. Acaricia el alma herida e inexistente de este pobre ser moribundo, que te busca y no te encuentra, que te quiere y no te ve. Libertad de expresiones y sentimientos que me ofreces, y que no quiero, pero sí. Amante, que necesitas estímulos para llegar, y cuando lo haces te quedas tan solo un segundo. Que no es amor, ni ningún sentimiento conocido por el hombre de calle. Eres tú, musa, que no existes y sí lo haces, para mí, y para los que te llaman cada noche tras un cristal de lágrimas y sonrisas confusas, que son de anhelarte, de verte, y de no hacerlo.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Escribir.

No sé, es que escribir es mi vocación, mi forma de desahogarme, de comprender el mundo, de verlo y sentirlo. Es la forma que tengo de evadirme de lo que me rodea, de refugiarme, de reir y llorar al mismo tiempo. Me da igual si me muero de hambre intentando que mis libros tengan éxito, yo vivo por y para esto, desde siempre, lo sé. Yo escribo para mi, no sé, digamos que escribir es mi forma de vivir, y que vivo más intensamente mientras escribo que haciendo locuras. Para mí un papel en blanco es la salvación a un mal día, es ver cada detalle y sentir cada momento. Hay veces que siento tantas cosas a la vez, que soy incapaz de escribir nada, y esos momentos son los que me alegran el día.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Efímero glaciar.

Pensó, erróneamente, que sus manos eran nubes, que podría acariciar el cielo sin que el sol le quemase, y acabó con las manos ajadas de tanto engañarse, de volar alto, de acariciar soles efímeros y enormes glaciares.

Amapola.

Buscaba en una completa oscuridad a pesar de que el sol ya salía, amor entre las amapolas del jardín trasero de su casa, pero, tras buscar durante casi un minuto, solo logró rasgar su piel con las espinas de las rosas que en el pasado le habían embaucado con su fresco aroma y su belleza exterior.
Él ya no buscaba flores pasajeras, pensaba que se merecía disfrutar de un campo lleno de cáctus. Se merecía disfrutar de la conquista, engancharse cada vez más a uno de ellos hasta que no le quedasen más pinchos por clavarle. Entonces se los quitaría uno a uno, y acariciaría la superficie lisa y desnuda del cáctus, sin la protección que anteriormente le proporcionaban sus pinchos.
Cansado de buscar lo que pensaba que nunca encontraría, decidió que era hora de ampliar horizontes. Salió de su jardín y fue a parar, tras caminar al menos otro minuto, al bosque. Allí tuvo que lidiar con árboles tan altos, que casi no podía ver sus copas, y se sintió pequeño, tanto, que echó de menos las rosas que anteriormente habían endulzado su vida.
Y volvió a sonreír, admitió que no estaba hecho para enamorarse de un cáctus, que hay personas que no aguantan el dolor de la conquista, y que él era uno de ellos.
Decidió volver a su antigua vida, y se cubrió de rosas a las que aún no le habían salido las espinas, esta vez, durante dos minutos.
Feliz de vivir disfrutando de cada rosa que veía, un día se topó con una bonita, delicada, y silvestre amapola. Esta no era tan ruda como un cáctus, ni tan preciada como una rosa, pero su coraje y su extraña belleza hizo que el corazón de su pecho palpitase y pensó:
"Al fin, Amapola, te esperaba."